Algunas fotos de mi abuelo

Acabo de encontrar algunas fotos de mi abuelo Heinrich Metzinger que escaneó mi hermana. Una parece ser una postal que aparentemente le habría enviado su hermano August, donde da una referencia de prácticas castrenses en el año 1912  No puedo estar segura si en la foto está mi abuelo, o se supone que es su hermano con sus compañeros de armas (más probable parecería esto último).

Lo que puedo entender del mensaje de August es más o menos lo que sigue: “Lieber Heinz: — vergnügte und fröhliche Weihnachten wünschen Dir deine Eltern und Geschwister. Grüsse aus deiner Mutter. Ein glückliches Lustfa(h)rt wünscht Dir von Herzen dein Bruder August”, que sería algo así como:

“Querido Heinz: … Feliz Navidad te deseamos tus padres y hermanos. Muchos saludos de tu madre. Que tengas un feliz viaje (de placer — no entiendo bien la letra en esa palabra, así que podría ser otra cosa), te desea de corazón tu hermano Augusto”.

Bueno, subo la foto, más tarde serguramente subiré alguna otra de estas fotos viejas.

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Published in: on julio 13, 2011 at 2:47 pm  Comments (2)  
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Algo más sobre mi abuela

Charlando con mis hijos, recordé que fue mi abuela la que introdujo a mi abuelo Enrique en el mundo de la lectura y del pensamiento. Antes de venirse a la Argentina, ella trabajaban en una librería; allí, por serle necesario para su trabajo, leía todo lo que caía en sus manos, y le tomó el gusto.

Una vez casada con mi abuelo, ella le ponía delante los libros que la habían atrapado hasta que él comenzó por su propia cuenta a buscar nuevo material.

Pensar que todo este recuerdo se detonó cuando encontramos un libro editado en 1921 en el que mi abuelo había estampado su firma. El libro nunca lo leí, a pesar que siempre me atrajo el título: “Die Sonne der Rennaissance”; el autor, tataranieto de Schiller o algo así, según leí por internet, parece haberse creído su ilustre antepasado y escribe en un estilo floripondioso bastante difícil de leer (por lo menos para mi nivel de alemán), lo que opaca el interés de lo que cuenta; aunque algo tiene, porque no puedo dejarlo del todo y cada día leo al menos algunas páginas…

Published in: on junio 8, 2009 at 10:19 am  Comments (2)  

Mi madre..


Mi madre… ¿Qué puedo decir de mi madre que no resulte una reiteración de lo que todas las hijas dicen de sus madres, según los momentos? Sin embargo, también parece algo ingrato con ella dejar que su historia, por momentos riquísima en vivencias de todo tipo, se pierda.

En este momento me siento como el nexo entre la vida que va a ser y la que fue, el hilo conductor que une las historias de mis antepasados con las de mis hijos, nietos y tataranietos, si los llego a tener. Y en definitiva, ¿qué otra cosa es la identidad, si no la integración de la propia historia a una cadena de historias que fueron y que se proyectan en uno?

Hace algún tiempo, acuciados por distintas necesidades, mis hijos me preguntaban sobre mis padres y mis abuelos; y me dí cuenta con tristeza que era muy poco lo que sabía de algunos y poco también lo que recordaba de aquellos sobre los que había llegado a conocer algunas cosas. Por eso decidí empezar en este blog, que va tomando algo así como el carácter de una bitácora familiar, a contar la historia, o mejor dicho, las historias de los ancestros, a partir de las que me contaba mi madre y que poco a poco trataré de ir recordando. Será esto algo así como una serie en capítulos.

Para eso también es necesario que hable de ella, ya que será por así decirlo el personaje principal de esta travesía; y nada mejor que comenzar por la historia como la hilvanó mi hermana, que es algo así como el repositorio de la memoria familiar.

Así, recuerda mi hermana que mi mamá, de nombre Catalina, nació en los suburbios de Buenos Aires, en un lugar llamado Lanús (mi hermana dice Villa Ballester, pero yo recuerdo que mi madre siempre mencionaba Lanús como su lugar de nacimiento), el 4 de octubre de 1920. Parece increíble que hayan pasado casi 90 años desde entonces, y que haya habido tantos cambios en tan poco tiempo. La foto que subo, en la que se ve a mi madre, sus padres y sus tres hermanas (sin fecha, supongo que debe rondar por el año ’30) es testigo de un tiempo distinto, en el que los automóviles recién empezaban a moverse entre la gente, en que no había aire acondicionado ni televisión y mucho menos computadoras o internet.

Su padre era Heinrich Hubert Metzinger (o, traducido, Enrique Huberto M.), nacido el 17 de noviembre de 1884 y fallecido por problemas cardíacos en el año 1945. Su madre era Barbara Schadomsky, nacida el 20 de mayo de 1890 y fallecida el 22 de mayo de 1956, casi un mes después de que yo cumpliera un año. Mi abuela me consentía más que a ningún otro de sus nietos, según contaban mis padres, y yo siempre sentí una especie de admiración generacional hacia ella y también algo así como que el llevar su nombre me tenía que hacer parecida a ella.
Ambos abuelos nacieron en la ciudad de Colonia, aunque no estoy muy segura sobre mi abuela, ya que su familia venía de un lugar relativamente cercano, también de la zona del Rhin, el Pfalz; eso sin contar los antepasados Schadomsky más alejados, que aparentemente venían de Pommern -Pomerania-, en la zona del Este, de ahí nuestros ojos mongoloides. Mi abuelo Heinrich vino al país alrededor del año 1912, comisionado por un comerciante importador/exportador de textiles para que le llevara los negocios en estas zonas, comerció que siguió desarrollando (después por su propia cuenta) hasta su muerte. De la actividad comercial textil de mi abuelo nos quedaron hermosas muestras de telas, damascos, puntillas, adornos, que todavía atesoro y cada tanto imagino una forma de exhibirlas.
Mi abuela, a su vez, que ya noviaba con mi abuelo cuando éste estaba en Alemania, cansada de esperar su vuelta decidió encarar el viaje inverso; es decir, venirse a la Argentina. Apoyada (moralmente, ya que era gente de escasos medios económicos) por su futura suegra, ahorró lo suficiente como para pagarse su pasaje en barco y un buen día les comunicó a sus propios padres que se iba, y que deseaba que ellos estuvieran de acuerdo, pidiéndoles su bendición; pero que de una otra manera, viajaba; y así lo hizo, llegando al puerto de Buenos Aires en 1915.
Ahora estamos acostumbrados a los viajes, a algo así como a ser ‘ciudadanos del mundo’, pero pensemos en lo que esto significaba en 1915. Una chica de 25 años, subiéndose a un barco para dar casi media vuelta al mundo (bueno, está bien, 1/4 de vuelta), por un lapso incierto en medio de gente desconocida, para recalar en un puerto conocido de un país que en sí era desconocido (recordemos que por esas épocas circulaba en Europa un ‘best-seller’ de Graf Keyserling que decía que al bajar del puerto ya se veían los indios, y que desde allí se podía ver la cumbre de los Andes..! – o al menos eso decía mi madre, confieso que no leí su “Reisetagebuch”)…. creo que mi abuela tenía mucho coraje – además de una obsesión con mi abuelo.

Cuando mi madre tenía uno o dos años toda la familia viajó a Alemania, a despedir a la abuela materna; allí nació su hermana Gretchen. En 1930 volvieron a viajar, mi abuelo tenía intenciones de volver a su país; sin embargo, la crisis económica había hecho estragos en un país que ya estaba desvastado por la posguerra del ’18, y mis abuelos se sintieron muy dolidos por las escenas de hambre y dolor que encontraron en todos lados; por lo que decidieron volverse a la Argentina con sus cuatro hijas.

Published in: on enero 26, 2009 at 12:49 am  Comments (4)  
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